7.2.08

Cátedra de suicidio

Algunas veces me confundo pensando cuál será el fin de la extraña evolución del hombre y de las cosas, a que asistimos en este comienzo de siglo.
Las teorías de Schopenhauer, Rey de los pesimistas alemanes, que ha infundido aun a los pueblos más remotos el alma negra y macabra de su desconsoladora filosofía, parecíanos simplemente el producto de una imaginación enfermiza; mas ya vamos tomándolas en cuenta, vamos ya compenetrándonos de ellas, y es su nirvana exclusivo (suyo de él vaya) porque los orientales lo entienden de otra suerte, consistente en la disolución del yo, en el aniquilamiento de la propia individualidad, el lábaro que levantan entre sus manos las actuales generaciones.
El dilema de Hamlet se ha resuelto, como puede resolverse un dilema optando por uno de sus extremos ya que entre ellos caber no puede término medio, y optado hemos, al resolverlo, por el negativo: ¡No ser! La lucha por la vida, erizada de dificultades, es píldora no dorable, y por ende difícil de tragar.
Estamos enfermos de la voluntad y no nos resta mas que sucumbir.
He aqui por qué el suicidio va entrando en nuestras costumbres.
La evolución debía empero, evolución al fin, dar un paso más, y lo dió: el suicidio ha entrado en las costumbres, se ha normalizado y hoy asistimos a una peregrina institución: la cátedra de suicidio. Si señor, protesto por la buena fe que todos me reconocen, que en Europa hay ya; como podría haber maestros de esgrima o de box, profesores de suicidio.
Hasta hoy, el atentado contra la propia vida se llevaba a efecto con cierta nerviosidad, explicable si se atiende a que el desesperado efectuaba el crimen con gran dosis de exaltación. La presencia de lo desconocido, la aproximación al gran problema, la separación eterna de todos los afectos, eran factores suficientes para excitar sus nervios. Mas esto constituía una incorrección.
¿Por qué no matarse tranquilamente, sin sobresaltos, sin muecas de mal gusto, sin agitaciones espasmódicas?
¿No se desafía uno en santa paz y concordia?
Indudablemente que había un vacío que llenar, y lo han colmado los catedráticos de que hablo.
Ellos lo toman a uno por su cuenta, lo tranquilizan, le inyectan el alma de una cocaina especial; son hombres prácticos cuyas lecciones lo hacen a uno juicioso aun en las postrimerías de la muerte.
¿Quiere un desesperado suicidarse con ácido carbónico? Pues se le explica en primer lugar cuáles son los efectos de este agente mortal, cómo se produce la asfixia, de qué manera se ha de emplear el tóxico, cómo se ha de tender el candidato en la cama, etc.
¿Se quiere morir con el auxilio del cianuro? Pues es fácil, la manera de usarlo es en cápsulas que se muerden de cierto modo y en cierta posición.
¿Con revólver? Hay que ensayar la puntería, la fuerza de la bala y la actitud, para no dar el espectáculo horripilante de un cráneo hecho astillas, de masa encefálica que estalla y se pega a las paredes, de sangre coagulada que afea el rostro...
¿Con agua? Hay que ahogarse correctamente, como se ahoga la gente que se respeta, sin gorgoritos, sin arremolinar las cristalinas linfas de la alberca...
¿Con cuerda? ¡Oh! aquí puede caber la elegancia; bueno es rodear el cuello de nudo corredizo, como se rodea un cuello ebúrneo de un collar de perlas...

¡Todo con elegancia!

El pesimismo viene a nosotros bajo cautivadoras formas; la muerte llega al tálamo como una aristócrata desposada; fría pero elegante...
¡Oh siglo! ¡Oh siglo!...Y como por el camino de las exclamaciones es difícil detenerse, pongo aquí punto y firmo.

4 comentarios:

Miss Mac Lovegood dijo...

Me late que voy a acabar metiendo esa clase, se ve mucho más útil y productiva que Ingles con el señorito de los ventanales... jajaja

Electrovision dijo...

yo por lo mientras: Estoicismo

the man with a beard but no hair dijo...

jajaja yo me inscribo! te la volviste a rifar Anita, ademas de bella escribes como pocos y de tu edad, como ninguno

Sr. Mimo dijo...

Wow, y ya dan las clases en la facultad?